Maximino era un hombre alto, delgado, piel apiñonada, ojos pispiretos y mala suerte. Dueño de una taquería donde sólo comían los que trabajaban ahí. Perteneciente a un linaje que por generaciones ocupó los lugares de hasta atrás en la fila de la escuela.
Max, como le decían de cariño. Conoció el amor en una de esas festividades donde llenan las calles de alfalfa en San Jesús de las Montañas. María llena eres de gracia, era el nombre de su mujer. Él era carpintero y ella una santa. Se conocieron desde los 3 años no teniendo mas opción que enamorarse. De chiquillos jugaban al doctor y de grandes a ser protagonistas de películas eróticas.
Con tanta imaginación no había lugar para ideas de pueblo, y fue así como llegaron a la Colonia Roma. Un lugar muy singular lleno de gente impredecible en la Ciudad de México, donde fue procreada la protagonista de esta historia.
Soledad nació en un hospital donde una gran estatua de Cantinflas recibe a los enfermos y despide a los recién nacidos.
Conforme la niña crecía no dudaron en llamarle Chole, Solecito, Sol o Solerita. Todos, apodos que surgían de un gran amor.
Su vida se desarrolló común y corriente, asistía al colegio, compartía su torta en el receso, corría como enajenada por todo el patio, se reía hasta que le doliera el vientre y los fines de semana la llevaban al zoológico de Chapultepec, le compraban un frutsi o esas cosas que hacen que los niños enseñen los dientes. Nunca le faltó ropa limpia, comida caliente, un beso o un abrazo.
Una noche del martes 11 de octubre del 2000, unas horas antes de que fuera el día siguiente, Maximino salió en busca de un pastel para la niña de sus ojos que cumpliría nueve años. La noche era oscura, fría y estaba acompañada por un intento de lluvia. Don Max, como le empezaron a decir a partir de los 40 era tan alto que al girar en una esquina su cuello se cruzó con un cable de alta tensión que lo detuvo en su camino. Así fue como quedó sobre la calle hecho chicharrón, mismo que antes del amanecer se comieron los perros.
Bueno en realidad no sabemos que pasó, pero Sol dice que esa teoría la hace sentir menos triste.
El día de la desaparición madre e hija lloraban con la cabeza en la ventana olvidándose del cumpleaños de la pequeña Soledad. Ese sería el primero del resto de sus días donde no habría festejo. No pudieron dormir, pasaron los días y tampoco podían probar bocado. La madre que desde pequeña era conocida como “La flaca” rápidamente consumió las pocas calorías que cargaba en el cuerpo y murió una semana después de inanición. Soledad tenía bastante cachete infantil de donde sacó nutrientes para esos días sin alimentos.
Los vecinos comentaban que había sobrevivido porque tenía una vida por delante y ganas de vivir. Ella cree que simplemente sobrevivió.
Los policías sólo tomaron fotos, los médicos forenses se llevaron el cuerpo de la madre. Nadie le preguntó cómo se sentía, qué quería hacer, ni esas preguntas que hacen los psicólogos de la gente elegante. A ella solo le preguntaron su nombre y la canalizaron al DIF de la delegación Cuauhtémoc donde pasó sus próximos 3 años sollozando y estirándose la piel de la cara y los cabellos, a los 12 optó por maquillarse con un poco de harina y páprika que robó de la cocina, platicaba con las demás adolescentes y copiaba lo mejor de cada una de ellas, de Lucia imitó esa forma coqueta de cerrar los ojos como no queriendo. De Sofía el parar la boca como mordiendo cachete, De Natalia hacer ejercicio en ayunas y de Graciela a usar los cambios de humor como arma para descontrolar a los hombres.
A los 18, después de tanta “escuela” se sintió preparada para afrontar la vida y escapó. Ese mismo día la conocí. Estaba un poco despeinada, con chapas en las mejillas, ropa diminuta, 49 kilos de carácter, ganas de vivir y ese porte que caracteriza a las mujeres que se saben guapas.
Ahora la llaman Fuego. Cobra unos cuantos pesos pero en realidad trabaja por amor…
Amor que le faltó por la ausencia de sus padres.