Se rompió la fuente. La madre gritaba mientras el padre alarmado buscaba las llaves del auto para llevarla al hospital.
El camino despejado, el trayecto el mas rápido de la historia. Pero al pasar un tope sin precaución algo más se rompió. Ahora la madre sangraba por dos lados, de la cabeza y entre las piernas. Sus dolores se sumaban y no tuvo mas opción que dar a luz sobre el asfalto contagiando a su hijo de todos los dolores de la gran ciudad.
No murió sin antes dejar las sábanas de la camilla rojas y lo único que dejó para la regordeta criatura fueron varias cajas fuertes llenas de dolor que le alcanzaría para derrochar toda su vida.
A los tres meses el niño se quejaba de cólicos, a los seis meses el chupón le lastimaba los tres dientes que apenas se asomaban, a los dos años le dolían las piernas como señal de que pronto caminaría. A los cuatro años, cuando se dio cuenta que podía caminar ya muy bien, quiso correr y con eso llegó un nuevo dolor a su vida, el de la carne roja de su frente abierta. Así fue como año tras año él tenía de que quejarse.
Con su historial pensaríamos que no llegó a viejo. Pero cuando cumplió la mayoría de edad, edad en la que dicen uno se desprende de las garras de ese monstruo llamado familia. Sin que él se diera cuenta, las cantidades de dolor desaparecieron. El banco nunca le notificó. Nunca se supo si fue un error, un robo o que la criatura lo había despilfarrado. Pero aquel bodoque recién nacido que ahora era un ser alto y fornido estaba cegado por los chiqueos que el dolor traía consigo. Nunca se dio cuenta y siguió gruñendo, quejándose e imaginando todo tipo de dolores, los conocidos y por conocer.
A los veintiún años conoció al amor de su vida, una chica con ojos color pistache, piel chocolate, cuerpo con figura de botella de COCA-COLA y pelo que lucía como un manojo de churros rellenos. La mujer era un verdadero manjar. El día que se conocieron él se la comió toda y a los tres días ya vivían juntos. Compartiendo desayuno, comida y cena ella se dió cuenta de su hipocondría. Platicaron alrededor de quinientas cuarenta y siete veces del tema, si sacamos cuentas por el año seis meses que estuvieron juntos fueron solo una vez por día. Suficiente para que ella el día de su aniversario tomara una decisión.
Ese día que no recuerdo que mes fue pero si que era un veintitrés lo primero que hizo fue ir a la farmacia, compró pastillas para el dolor ajeno, visitó la iglesia, hizo como que rezaba, camino de regreso a su casa mientras mojaba su blusa blanca con sus lágrimas. Preparó un sándwich de jamón, la comida favorita de su pareja. Presionó las pastillas hasta convertirlas en polvo y no se supo que sucedió el resto de la noche.
En la mañana siguiente junto con el sol se revelaba la fotografía que permanecería en la mente del joven hasta su muerte a los noventa y nueve años de “dolor” ininterrumpido.
Por la ventana entraba un rayo de luz que iluminaba la cara de su amada mientras el resto de la habitación permanecía en penumbras. Su cuerpo chocolate lucía terso y contrastaba con las sábanas blancas. Su boca entreabierta con un ligero color morado, su mano izquierda entrelazada con sus rizos. Su corazón: apagado.
Una noche antes bebió la copa de vino que acabaría con el dolor ajeno.