Para pasar de dientes lindos a quijadas duras bastan instantes. Todo depende del material de los involucrados. Yo, por ejemplo, era una mezcla de carnes suaves, corazón de pollo y ansias de amar. De un tiempo acá me veo tambaleante, puedo sentir a la piel luchando contra la carne que ya no quiere estar conmigo, el corazón me creció hasta alcanzar las dimensiones y sentimientos de un tiranosaurio rex , las ansias de amar siguen pero esa parte del de pollo que me llevaba a sonreír entre el calor de la gente desapareció y de repente tengo impulsos salvajes que me hacen recordar un día en casa de los abuelos.
Ese día, una rata cayó en la trampa que había colocado mi abuelo. Yo, que apenas tenía ocho años lo ví llenar una cubeta de agua, tomar la jaula y sumergirla. A través del agua se podían escuchar los sollozos del animal. Aquella vez creí que lo importante de esto era que en ese instante la relación con mi abuelo cambió, ya no éramos solo abuelo y nieto, ahora éramos cómplices. Después de 13 años del suceso y a casi dos de su muerte me doy cuenta que la escena se repite en mi cabeza pero ahora con otro significado. Imagino al mundo como el agua, la trampa como mi cuerpo y al animal como ese ser maligno que llevo dentro. Mi cabeza se enciende, y como necia que es no puedo dejar de pensar en el mundo, mi cuerpo y el ser maligno. Entonces ahí es cuando decido ir frente a un espejo buscando rasgos de mi maldad, me veo un rato pero no encuentro algo que las denote. Tampoco encuentro seguridad. Suelto dos lágrimas por el desengaño, me seco las mejillas y me pongo a escribir cosas románticas que me hagan sentir menos bestia.